¿A qué hora comen tus hijos? El horario influye en la salud infantil

El reloj también influye en la obesidad infantil
En España, tres de cada diez niños y niñas tienen sobrepeso infantil u obesidad infantil. Los últimos datos clínicos, basados en más de 237.000 menores atendidos en Atención Primaria durante 2023, señalan que un 22,6 % presenta sobrepeso, un 8,7 % obesidad y un 2 % obesidad severa. Son cifras que preocupan a familias, docentes y profesionales sanitarios.
Durante años se ha puesto el foco, y con razón, en la alimentación infantil: exceso de azúcares, ultraprocesados, bebidas azucaradas o raciones desproporcionadas. Sin embargo, una nueva variable empieza a ganar peso en la conversación científica y en las escuelas infantiles: no solo importa qué y cuánto comen los niños, sino también a qué hora comen.
Es España y los horarios tardíos: cómo afectan a la salud de los niños
Nuestro país comparte con Europa la costumbre de desayunar pronto. Pero a medida que avanza el día, el horario se retrasa. Comer a las 14:00 y cenar a partir de las 21:00 es habitual en muchos hogares. Y los niños, inevitablemente, se adaptan al ritmo familiar.
El problema es que el organismo infantil no siempre acompasa bien ese desfase. Los pediatras recomiendan que los menores rompan el ayuno nocturno tras 10-12 horas, que coman antes de las 14:00 y que la cena se realice antes de las 21:00. Cuando esto no ocurre, puede verse afectada su salud metabólica.
Las jornadas laborales extensas, las actividades extraescolares, los deberes y el deseo, muy saludable, de compartir al menos una comida en familia empujan la cena hacia horarios cada vez más tardíos. El resultado: niños que cenan a las 21:30 o 22:00 y que, a la mañana siguiente, apenas tienen hambre o tiempo para desayunar con calma.
Crononutrición: cuando la ciencia mira al reloj biológico
En este contexto cobra protagonismo la crononutrición, un campo emergente que estudia cómo el momento del día en que comemos interactúa con nuestros ritmos circadianos, es decir, con el reloj interno que regula funciones como el sueño, la secreción hormonal o el metabolismo.
La evidencia en adultos es cada vez más sólida: comer tarde se asocia con mayor riesgo de sufrir enfermedades metabólicas como obesidad, diabetes tipo 2 e hipertensión. En población infantil todavía hay menos estudios, pero los resultados empiezan a ser reveladores.
La investigadora Marta Garaulet, del Equipo de Investigación en Obesidad de la Universidad de Murcia, lideró en 2020 un estudio con escolares de entre 8 y 12 años publicado en la revista Nutrients. La investigación mostró que los niños que cenaban después de las 20:45 presentaban el doble de obesidad que quienes lo hacían antes. Además, registraban mayores niveles de inflamación, un factor vinculado al riesgo cardiovascular futuro.
En otro trabajo, el equipo observó que los menores con cronotipo vespertino, es decir, más activos por la tarde-noche, tenían mayor índice de masa corporal y peores marcadores metabólicos, como niveles elevados de insulina y triglicéridos.
El proyecto VALORNUT: qué ocurre cuando se retrasa el desayuno o la cena
Más recientemente, investigadores del proyecto VALORNUT de la Universidad Complutense de Madrid analizaron el impacto de los horarios de alimentación en 880 escolares de entre 8 y 13 años de A Coruña, Barcelona, Madrid, Sevilla y Valencia.
El estudio evaluó no solo el peso y la talla, sino también parámetros bioquímicos (glucosa, insulina, colesterol, triglicéridos) y la calidad global de la dieta. Los investigadores definieron tres conceptos clave:
- Desayuno tardío: después de las 8:53.
- Cena tardía: a partir de las 21:10.
- Ventana de alimentación prolongada: más de 12 horas entre la primera y la última ingesta del día.
Los resultados no encontraron una relación directa entre horarios tardíos y mayor obesidad en ese momento concreto, pero sí detectaron alteraciones en marcadores metabólicos. Los escolares con ventanas de alimentación superiores a 12 horas mostraban perfiles de glucosa y colesterol menos favorables y mayores índices aterogénicos, indicadores del riesgo cardiovascular a largo plazo.
Más horas comiendo, menos horas durmiendo
Un dato especialmente relevante para familias y educadores: el 60 % de los niños con ventanas de alimentación prolongadas cenaban tarde y dormían menos horas.
La falta de sueño no es un asunto menor. Dormir poco se asocia con mayor riesgo de obesidad infantil, peor regulación del apetito, a través de hormonas como la leptina y la grelina, y alteraciones en el metabolismo de la glucosa. En otras palabras: cenar tarde no solo desplaza la ingesta, también puede acortar el descanso nocturno, amplificando el impacto metabólico.
Para los centros educativos, esta información invita a reflexionar sobre la coherencia entre los horarios escolares, los comedores y las rutinas familiares. Un niño que cena tarde y duerme poco ve alterado su rendimiento escolar.
No es solo metabolismo: también calidad de la dieta
Otro hallazgo relevante del estudio fue que desayunar o cenar tarde se relacionaba con peor calidad global de la dieta. Cuando el desayuno se improvisa por falta de tiempo o la cena se prepara con prisas a última hora, aumentan las probabilidades de recurrir a opciones menos saludables.
Un desayuno tardío puede convertirse en una galleta camino del colegio. Una cena a las 21:45, tras un día agotador, puede transformarse en pizza rápida o en alimentos precocinados. No es el reloj el que engorda, sino el contexto que lo acompaña.
Desde la perspectiva de la crianza saludable, esto tiene un matiz importante: adelantar horarios puede mejorar no solo los parámetros metabólicos, sino también la planificación y la calidad nutricional.
Qué pueden hacer las familias (y qué pueden hacer las escuelas)
Adelantar la cena 20 o 30 minutos puede parecer poco, pero a lo largo del tiempo supone una diferencia significativa. Concentrar las comidas en menos de 12 horas; por ejemplo, entre las 7:30 y las 19:30 o 20:00, favorece un ayuno nocturno más prolongado y respetuoso con los ritmos biológicos.
En las escuelas infantiles y colegios con etapa de 0 a 6 años, donde las rutinas son especialmente estructurantes, los horarios de las comidas pueden convertirse en aliados. Programar la comida antes de las 13:30 y coordinar con las familias la importancia de una cena temprana puede formar parte del proyecto educativo del centro.
Los directores y equipos docentes también pueden incorporar talleres para familias sobre crononutrición, explicando que el “cuándo” debe ocupar un lugar tan relevante como el “qué” y el “cuánto”.
Educar el reloj desde la primera infancia
Entre los 0 y los 6 años se consolidan hábitos que pueden acompañar toda la vida. El horario de las comidas forma parte de esa arquitectura invisible que moldea la salud futura.
No se trata de generar culpabilidad en padres y madres que llegan tarde del trabajo, sino de abrir una conversación realista. A veces bastan pequeños ajustes: preparar la cena con antelación el fin de semana, simplificar menús entre semana o priorizar el descanso nocturno frente a actividades tardías.
La ciencia empieza a confirmar algo que la intuición ya sugería: el cuerpo infantil también tiene su propio horario. Escucharlo y respetarlo puede convertirse en una herramienta más para prevenir la obesidad y promover una relación saludable con la comida desde los primeros años de vida.
Porque, al final, educar en salud no es solo llenar el plato de verduras. También es enseñar que cada alimento tiene su momento. Y que el reloj, silencioso pero constante, también educa.
Volver