¿Por qué los bebés sufren más con el frío que los adultos?

Cómo cuidar a los más pequeños cuando el frío aprieta
Con la llegada del frío y los días más cortos, los bebés se vuelven especialmente sensibles a los cambios de temperatura. Su sistema de termorregulación aún está en desarrollo, por lo que lo que para un adulto puede ser un día ligeramente fresco, para un recién nacido representa un verdadero desafío para mantener la temperatura corporal estable. Padres, educadores y responsables de escuelas infantiles deben prestar especial atención a cómo abrigar a los pequeños, evitando los riesgos de un exceso de ropa.
Los recién nacidos pierden calor mucho más rápido que los adultos. Su piel es más fina, la grasa subcutánea todavía se está formando y los mecanismos de sudoración y ajuste de la circulación no están completamente maduros. Esto hace que incluso una temperatura que parece templada pueda resultar fría para un bebé, mientras que abrigarlo demasiado puede generar problemas de sobrecalentamiento.
El frío intenso no solo aumenta el riesgo de hipotermia, sino que también puede afectar sus defensas inmunológicas. Diversos estudios en salud infantil muestran que la exposición prolongada a temperaturas bajas favorece la aparición de resfriados, bronquiolitis u otras infecciones respiratorias, especialmente en bebés menores de seis meses.
El delicado equilibrio entre frío y calor
No es extraño que los padres tiendan a envolver a sus hijos en varias capas de ropa, gorros y mantas. La intención es protegerlos, pero demasiadas capas pueden resultar contraproducentes. El sobrecalentamiento está relacionado incluso con un mayor riesgo de síndrome de muerte súbita del lactante (SMSL). Por eso, los expertos recomiendan la regla de “una capa más que la que usa un adulto” como guía práctica.
La elección de la ropa también es clave. Tejidos transpirables y suaves permiten regular la temperatura sin impedir la evaporación del sudor. Algodón y lana fina son opciones ideales, mientras que materiales sintéticos densos o plásticos pueden generar sudoración excesiva y malestar.
Planificar los paseos al aire libre es igualmente importante. Incluso un trayecto corto puede ser seguro si se protege al bebé del viento y la humedad. Gorros que cubran las orejas, manoplas, calcetines gruesos y un abrigo ligero suelen ser suficientes. Evitar sobrecargar el cochecito con mantas también ayuda a prevenir el sobrecalentamiento y mantiene al bebé cómodo durante la salida.
¿Por qué los bebés sienten más el frío?
Los recién nacidos dependen en gran medida del calor corporal de los adultos. El contacto piel con piel no solo reconforta, sino que ayuda a mantener la temperatura estable. A medida que crecen, los bebés desarrollan gradualmente su capacidad para regular el calor, pero siguen siendo más sensibles que los niños mayores o los adultos.
Su metabolismo rápido y la relación entre superficie corporal y peso hacen que pierdan calor con facilidad. Por eso, incluso ambientes que un adulto percibe como templados pueden resultar fríos para un lactante. Los cuidadores deben estar atentos a señales como manos y pies fríos, piel pálida o sudoración ligera, que indican que el bebé necesita un ajuste en la ropa o el entorno.
La humedad ambiental también influye. En invierno, la calefacción seca el aire interior, lo que puede afectar la piel del bebé y favorecer la pérdida de calor. Mantener una humedad relativa adecuada, entre 40 y 60%, ayuda a proteger la piel y mejora la sensación térmica.
Abrigo sin exagerar: claves prácticas
Uno de los errores más frecuentes es abrigar demasiado a los bebés mientras duermen. Los expertos recomiendan sacos de dormir adaptados a la temperatura de la habitación, en lugar de mantas sueltas que puedan cubrir la cara y generar riesgos. La temperatura ideal para el dormitorio suele situarse entre 20 y 22 °C, suficiente para un descanso seguro y cómodo.
Al salir al exterior, la regla de “una capa más” permite mantener al bebé cálido sin riesgo de sudoración excesiva. Por ejemplo, si un adulto usa camiseta, suéter y chaqueta, el bebé necesitará camiseta interior, pijama de manga larga y abrigo ligero. Siempre conviene revisar el cuello y la espalda del bebé: si están húmedos por el sudor, es señal de exceso de ropa.
Pequeños detalles, como gorros que cubran las orejas, guantes suaves y calcetines gruesos, marcan la diferencia. La ropa debe permitir movilidad: prendas demasiado ajustadas limitan la circulación, mientras que las sueltas pero seguras permiten que el bebé explore con comodidad.
Más allá de la ropa: hábitos saludables en invierno
Proteger a un bebé del frío no depende solo de la ropa. Los hábitos cotidianos también influyen en su bienestar. La lactancia frecuente aporta calor interno y fortalece el sistema inmunológico. Los paseos diarios, siempre que se realicen con ropa adecuada y bajo supervisión, favorecen la adaptación gradual al frío y refuerzan las defensas.
El entorno también juega un papel importante. Evitar corrientes de aire, ventanas abiertas y calefacciones directas ayuda a mantener un microclima saludable. En guarderías y escuelas infantiles, los responsables deben seguir pautas claras sobre ropa y sacos de dormir, supervisando la comodidad térmica de los bebés durante todo el día. La coordinación con los padres asegura criterios uniformes y garantiza el bienestar de los pequeños.
Pequeñas precauciones que marcan la diferencia
Aunque el invierno pueda parecer un reto, con medidas sencillas es posible proteger eficazmente a los bebés. Vestirlos en capas adecuadas, mantener la habitación a temperatura óptima, asegurar el contacto piel con piel y fomentar hábitos saludables son estrategias que combinan sentido común y ciencia.
Cada bebé es único, y aprender a interpretar sus señales es la mejor herramienta para cuidarlo. Extremidades frías, irritabilidad o sudoración excesiva indican la necesidad de ajustar la ropa o el entorno. No se trata de cubrirlos en exceso, sino de encontrar un equilibrio que les permita disfrutar del invierno cómodos, seguros y felices.
Con atención, conocimiento y afecto, los pequeños pueden atravesar el frío sin riesgos, manteniendo su bienestar y desarrollando la resiliencia necesaria para adaptarse a los cambios de temperatura.
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