¿Retrasar los sólidos puede afectar a la salud bucodental del bebé?

Cuando el puré se alarga demasiado
Durante meses, la batidora se convierte en una gran aliada en muchas casas. Tritura, suaviza y da una falsa sensación de control. Para muchos padres y madres, ofrecer purés para bebés muy finos es sinónimo de seguridad: menos atragantamientos, más tranquilidad. Sin embargo, lo que parece una elección prudente puede tener consecuencias invisibles en el desarrollo de la boca, la mandíbula y los dientes de los más pequeños.
Cada vez más profesionales de la salud infantil advierten de que retrasar en exceso la introducción de alimentos sólidos en bebés no solo afecta a la alimentación futura, sino también a la salud bucodental infantil y al desarrollo orofacial del bebé. Porque la boca no solo sirve para comer: también se entrena para respirar, hablar y crecer de forma armónica.
Mucho más que comer: la boca como motor del desarrollo
La alimentación complementaria comienza alrededor de los seis meses, cuando la lactancia materna o de fórmula ya no cubre por sí sola todas las necesidades nutricionales del bebé. Pero este momento no es solo una transición alimentaria: es también una etapa clave para el desarrollo neuromuscular y funcional de la boca.
Según explica el odontólogo y divulgador Simón Pardiñas, la falta de exposición a texturas alimentarias durante esta etapa puede interferir directamente en el desarrollo de los músculos orofaciales, responsables de la masticación, la deglución, la respiración y, más adelante, el habla.
“Masticar no es un gesto menor”, recuerda el especialista. “Es un ejercicio fundamental para que la lengua, los labios y la mandíbula aprendan a trabajar de forma coordinada”.
Masticar para crecer: músculos que necesitan entrenamiento
Cuando un bebé solo recibe alimentos triturados durante meses, su musculatura oral apenas se activa. No hay resistencia, no hay esfuerzo, no hay aprendizaje. Y como ocurre con cualquier músculo del cuerpo, lo que no se usa, no se desarrolla correctamente.
Esta falta de estímulo puede derivar en alteraciones en la mordida, dificultades en la movilidad lingual e incluso en patrones respiratorios inadecuados. “Si los músculos de la boca no se ejercitan, pueden aparecer problemas en la respiración, favoreciendo la respiración oral, o dificultades en la articulación del lenguaje más adelante”, señala Pardiñas.
Para educadores y profesionales de escuelas infantiles, este aspecto es especialmente relevante: muchas de las dificultades que se observan en el aula —habla poco clara, respiración con la boca abierta o problemas de masticación— tienen su origen en los primeros meses de vida.
Cuando la mordida no encaja: impacto en maxilares y paladar
La masticación no solo fortalece músculos: también guía el crecimiento de los huesos. La mandíbula y el maxilar superior necesitan estímulos para desarrollarse de forma equilibrada. La ausencia prolongada de alimentos sólidos puede aumentar el riesgo de maloclusiones dentales, es decir, una colocación incorrecta de los dientes y una mordida desalineada.
Además, algunos bebés que no mastican lo suficiente mantienen una deglución infantil, empujando la lengua hacia delante al tragar. Este patrón, normal en los primeros meses, debería ir desapareciendo con la introducción de nuevas texturas. Si se mantiene, puede influir negativamente en la forma del paladar y en el desarrollo craneofacial.
Purés y caries: una relación poco conocida en la primera infancia
Otro de los efectos menos visibles —pero no menos importantes— tiene que ver con el riesgo de caries en bebés. Aunque a menudo se asocian a los dulces, los problemas de caries en la primera infancia también están relacionados con la textura de los alimentos.
“Los alimentos muy triturados tienden a adherirse con más facilidad a dientes y encías”, explica Pardiñas. “Si se prolongan en el tiempo y no se acompaña de una correcta higiene bucodental infantil, aumentan las posibilidades de acumulación de placa bacteriana”.
Esto resulta especialmente relevante en una etapa en la que los dientes de leche están erupcionando y el esmalte es todavía inmaduro. Introducir texturas adecuadas desde el inicio de la alimentación complementaria contribuye a una mejor salud oral infantil y a un menor riesgo de problemas futuros.
El momento importa: cuándo introducir sólidos en el bebé
La evidencia científica es clara: retrasar en exceso la introducción de alimentos sólidos o semisólidos puede dificultar el desarrollo de las habilidades motoras orales. Alargar esta fase más allá de los ocho o diez meses puede aumentar el riesgo de dificultades alimentarias, como rechazo de texturas o problemas de masticación.
La clave no está en eliminar los purés de golpe, sino en evolucionar. Ofrecer alimentos con diferentes consistencias, adaptados a la edad y al desarrollo del bebé, permite que la boca aprenda, se fortalezca y se prepare para las siguientes etapas.
Uno de los mitos más extendidos es que hay que esperar a la salida de los primeros dientes. Sin embargo, las encías del bebé están perfectamente capacitadas para triturar alimentos blandos y seguros.
Más importante que la dentición es observar las señales de madurez: que el bebé se mantenga sentado con apoyo, que coordine mano y boca y que haya perdido el reflejo de extrusión, ese gesto automático de empujar la comida con la lengua hacia fuera.
Texturas que educan: aprender a comer desde el inicio
La forma en que se presentan los alimentos también influye en cómo aprende a masticar el bebé. Se recomienda adaptar textura y formato para favorecer una respuesta activa de la boca. Entre los seis y los ocho meses, muchos bebés ya cuentan con incisivos, lo que les permite cortar alimentos blandos con mayor eficacia.
En los últimos años, además, ha ganado popularidad el enfoque conocido como Baby Led Weaning (BLW), que promueve autonomía del bebé en la alimentación, fomentando un mejor control del apetito y un desarrollo oral más activo, siempre bajo supervisión y con criterios de seguridad. Según recuerda Rosaura Leis, coordinadora del Comité de Nutrición y Lactancia Materna de la Asociación Española de Pediatría, esta tendencia busca fomentar un mejor control del apetito y un desarrollo más autónomo, siempre bajo supervisión y con criterios de seguridad.
Acompañar sin miedo: el papel de familias y profesionales
Las dudas son normales, especialmente en una etapa tan sensible. Por eso, el acompañamiento del pediatra es clave para orientar a las familias en cada fase de la alimentación infantil.
Para las escuelas infantiles y colegios con etapa de infantil, este acompañamiento se traduce en coherencia educativa: respetar los ritmos madurativos, fomentar hábitos saludables y trabajar en sintonía con las familias desde una mirada preventiva.
Cuidar la boca desde el nacimiento
La salud bucodental en la infancia comienza mucho antes de la primera caries. Limpiar las encías con una gasa húmeda, introducir el cepillado desde la erupción del primer diente con una cantidad mínima de flúor y evitar hábitos perjudiciales son gestos clave desde los primeros meses.
También es importante no prolongar el uso del biberón o chupete más allá del primer año y fomentar progresivamente el uso del vaso y la masticación activa.
La primera visita al odontopediatra, idealmente antes del primer año, permite detectar alteraciones de forma precoz y acompañar a las familias en la creación de hábitos que tendrán impacto durante toda la infancia.
Porque ofrecer texturas no es solo una cuestión de alimentación. Es una forma de cuidar la boca, el cuerpo y el desarrollo integral del niño desde el inicio de la vida.
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