¿Demasiadas pantallas? Lo que necesitan los niños de 0 a 6 años

Un vídeo para comer, otro para calmarse… ¿y si buscamos alternativas?
Un niño que ve dibujos animados mientras desayuna, otro que recibe el móvil cuando empieza a aburrirse en un restaurante o una tablet que ayuda a entretener a los pequeños durante un viaje. Son escenas habituales en muchas familias. Las pantallas se han integrado en la vida cotidiana hasta el punto de que, a veces, resulta difícil imaginar ciertos momentos sin ellas. Pero ¿es conveniente que los niños se acostumbren a utilizarlas desde tan pequeños? ¿Cuánto tiempo pueden pasar delante de una pantalla y qué deberían ver?
No son preguntas fáciles de responder, especialmente cuando conviven recomendaciones diferentes y opiniones para todos los gustos. Sin embargo, desde el punto de vista de la Psicología hay algo que conviene tener presente: durante los primeros seis años, los niños aprenden fundamentalmente a través del movimiento, el juego, la exploración y las relaciones con las personas de su entorno. Por eso, al hablar de pantallas en niños de 0 a 6 años, no basta con contar los minutos que pasan delante de un dispositivo. También hay que preguntarse qué están dejando de hacer durante ese tiempo.
¿A qué edad deberían empezar a utilizar pantallas?
La recomendación de los especialistas es cada vez más prudente. La Asociación Española de Pediatría (AEP), en sus recomendaciones actualizadas en diciembre de 2024, aconseja evitar las pantallas entre los 0 y los 6 años. Contempla como excepción las videollamadas breves con familiares, siempre que exista acompañamiento adulto y una finalidad concreta.
La Organización Mundial de la Salud (OMS), por su parte, desaconseja el tiempo sedentario frente a pantallas en menores de un año y de dos años. Para los niños de entre 2 y 4 años establece un máximo de una hora diaria, aunque insiste en que cuanto menos, mejor. Son orientaciones distintas, pero ambas coinciden en la importancia de limitar la exposición durante los primeros años.
Conviene recordar que no hay ninguna necesidad de adelantar el contacto con la tecnología para que los niños aprendan a desenvolverse en el mundo digital. Saber manejar una tablet no es una prioridad en esta etapa. Mucho más importante es que tengan tiempo para hablar, correr, manipular objetos, escuchar cuentos, relacionarse y descubrir cómo funciona el mundo que les rodea. El tiempo de pantalla recomendado debe entenderse, por tanto, dentro de un contexto más amplio: el de las experiencias que necesitan para crecer.
No todo lo que aparece en una pantalla enseña lo mismo
Un cuento animado, una canción infantil o una aplicación educativa pueden parecer propuestas muy diferentes a una sucesión de vídeos cortos que cambian de imagen constantemente. Y lo son. El ritmo, los estímulos y la finalidad del contenido influyen en la experiencia del niño.
Sin embargo, que un vídeo tenga colores atractivos, enseñe los números o esté diseñado para su edad no significa que sea necesariamente beneficioso. Tampoco sustituye a la experiencia directa. Aprender el nombre de los animales a través de una pantalla no es lo mismo que observarlos en un libro, imitarlos jugando o conversar con un adulto sobre lo que hacen.
La diferencia también está en cómo se consume ese contenido. Cuando el niño mira un vídeo tras otro, sin interacción, su papel suele ser pasivo. En cambio, una videollamada con los abuelos o un contenido puntual compartido con un adulto puede dar lugar a preguntas, comentarios y conversaciones. En cualquier caso, durante esta etapa la interacción real sigue ofreciendo oportunidades de aprendizaje que una pantalla no puede reproducir.
Cuando el móvil se convierte en la solución para todo
Hay una escena que se repite en muchos hogares: el niño empieza a llorar, se enfada o no sabe qué hacer y alguien le ofrece el teléfono para distraerlo. Es comprensible que los adultos recurran a este recurso cuando necesitan resolver una situación rápidamente. El problema aparece cuando se convierte en la respuesta habitual ante cualquier momento de malestar.
Desde el punto de vista psicológico, los primeros años son fundamentales para aprender a reconocer y gestionar las emociones. La frustración, el aburrimiento o el enfado forman parte de ese aprendizaje. Si cada vez que aparecen se resuelven con un estímulo externo, el niño tiene menos oportunidades de practicar otras formas de tranquilizarse.
Esto no significa que haya que dejarle llorar ni ignorar lo que siente. Al contrario: necesita que el adulto le acompañe, ponga palabras a sus emociones y le ayude a encontrar recursos para calmarse. Poco a poco, irá desarrollando sus propias estrategias de autorregulación.
También es importante recordar que los niños aprenden mucho más de lo que observan que de lo que se les explica. Si ven a sus padres consultar el móvil constantemente durante las comidas, los juegos o las conversaciones, será difícil transmitirles que hay momentos en los que conviene dejarlo a un lado.
Límites que funcionan sin convertir cada desconexión en una pelea
Cuando las pantallas ya forman parte de las rutinas familiares, reducir su presencia puede provocar protestas. Por eso, más que improvisar cada vez que llega el momento de apagar un dispositivo, resulta útil establecer unas pautas claras y mantenerlas en el tiempo. Algunas decisiones sencillas pueden marcar la diferencia:
- Reservar momentos libres de pantallas. Las comidas, el dormitorio y los ratos de juego son buenas oportunidades para desconectar. Mantener estos espacios ayuda a proteger la conversación, el descanso y las experiencias compartidas.
- No utilizarlas como respuesta automática al aburrimiento o al enfado. Acompañar al niño, escucharle y ofrecerle otras actividades le permite descubrir distintas formas de entretenerse y gestionar lo que siente.
- Cuidar el ejemplo que damos. Guardar el móvil durante una conversación o apagar la televisión cuando nadie la está viendo transmite hábitos que los niños incorporan observando a los adultos.
Si se utiliza una pantalla de forma puntual, conviene que el adulto conozca el contenido, supervise su uso y, siempre que sea posible, comparta ese momento con el pequeño. También es recomendable evitar los dispositivos durante las comidas y antes de acostarse, ya que pueden interferir en la interacción familiar y en las rutinas de sueño.
¿Y si se aburren? El juego ofrece mucho más de lo que parece
A veces, cuando un niño pide el móvil, lo que necesita no es otro estímulo, sino una oportunidad para descubrir qué puede hacer con lo que tiene a su alrededor. El juego libre le permite imaginar, experimentar, equivocarse y volver a intentarlo. Mientras construye una torre, inventa una historia o juega con otros niños, está desarrollando habilidades cognitivas, sociales, emocionales y motoras.
No hacen falta grandes preparativos ni juguetes sofisticados. Un cuento, unas pinturas, piezas de construcción, muñecos o una caja de cartón pueden dar lugar a horas de entretenimiento. También las actividades cotidianas, como ayudar a poner la mesa, regar las plantas o preparar algo sencillo en la cocina, se convierten en experiencias de aprendizaje cuando se adaptan a su edad.
La OMS recuerda que el movimiento, el descanso y las actividades compartidas son esenciales durante los primeros años. Por eso, ofrecer alternativas a las pantallas no consiste en llenar cada minuto de actividades dirigidas, sino en dejar espacio para que los niños jueguen, exploren y aprendan a su propio ritmo.
Una infancia con tiempo para descubrir el mundo
Las pantallas estarán presentes en la vida de los niños y, llegado el momento, aprenderán a utilizarlas. Pero durante los primeros años no necesitan estar permanentemente conectados a ellas. Necesitan experimentar, relacionarse, desarrollar el lenguaje, aprender a expresar lo que sienten y construir vínculos seguros.
Acompañarles en una sociedad digital también significa saber cuándo dejar la tecnología a un lado. Porque, en esta etapa, muchas de las experiencias que más contribuyen a su desarrollo no necesitan batería ni conexión a internet: una conversación, un cuento antes de dormir, una tarde de juego o la atención de un adulto dispuesto a compartir su tiempo.
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