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La importancia de establecer un vínculo sano con tu bebé (Parte 1)

Una mamá con su bebé en un gesto cariñoso

El bebé desde que nace tiene una serie de necesidades imprescindibles para su supervivencia. El alimento, el abrigo y también el amor que se les otorga les hace desarrollarse fuertes y seguros y lo vinculan fuertemente a sus cuidadores. Este vínculo, que no es lo mismo que la relación de amor que existe entre padres e hijos, es la sujeción y conexión que tiene el bebé a la vida. “El vínculo es más fuerte que la relación de amor que pueda existir entre padres e hijos, el tipo de relación, si es ‘buena o mala’ es secundario, por eso el niño prefiere siempre una mala relación con sus padres a una magnífica relación con personas ajenas a él” señala Isabel Fuster, psicoterapeuta especializada en la Teoría del Apego de Vinculación que añade “la sensación de este vínculo permanente y continuo es lo que otorga seguridad y confianza al bebé”. Tan fuerte es el vínculo que cualquier cosa que se vea como una amenaza al mismo, lo es también para la supervivencia del bebé. De esta manera cualquier interrupción de este vínculo lo desestabiliza profundamente y tiene un impacto negativo en su desarrollo afectivo y psíquico.

Los niños que crecen con una buena vinculación, es decir, ven cubiertas sus necesidades de forma permanente y sienten la seguridad necesaria para vivir en estos primeros meses tranquilos y felices desarrollan mejores aptitudes para controlar el estrés, forman relaciones más saludables, y tienen más autoestima. En definitiva, tienen más posibilidades de convertirse en adultos equilibrados y felices.

Todavía hoy en día se escuchan frases y recomendaciones a las madres primerizas de no coger mucho al bebé, de dejarle llorar para evitar que se acostumbre. Sin embargo, cada vez son más los expertos que consideran que hay que dar al bebé todo el amor y los cuidados necesarios, sin temor a malcriarlo. Esta clase de atención es fundamental en el primer año de vida del bebé, que es cuando su cerebro se está desarrollando a gran velocidad, sobre todo, el lado derecho, donde se alojan las emociones. Así, la base de sus emociones futuras dependerá de sus experiencias vividas en estos momentos. Pero tener un apego saludable es un proceso continuo. Estos lazos emocionales que se establecen en este primer año se fortalecen a lo largo de la niñez y la adolescencia y ayudarán al niño a convertirse en un adulto feliz.

¿Y qué pasa si el bebé no se apega de forma segura? Cuando el bebé no se siente del todo protegido o no está seguro de si puede contar o no con sus padres, intenta mantenerse apegado continuamente o lo hace de forma intermitente. En general, se vuelve excesivamente dependiente (desesperándose cuando sus padres se alejan) o extrañamente independiente (parece no importarle la ausencia). También puede tener comportamientos inadecuados: mucha agresividad, miedo en exceso, lo que le hace más vulnerable a la ansiedad, la depresión o la ira.

Durante la infancia, el niño necesita cuidado periódico, cobijo y protección de las personas de referencia. Y los padres son los adultos que actúan de modelos de referencia de los hijos. “Un niño necesita a sus padres desde su concepción hasta que está preparado para emprender su propio camino. Esta necesidad va de más a menos, según va creciendo, hasta que el niño tiene aproximadamente doce años”, señala Isabel Fuster.

Según van creciendo, los padres deben diferenciar entre necesidades vitales y reales, como la alimentación, el descanso, el movimiento, el disfrutar de estar al aire libre, de otras que no son tanto, como ver la televisión o comer chuches. Se trata de satisfacer las necesidades reales y poner límites a las que no lo son, a pesar de que el niño las viva como tal. Es fundamental poner límites, pero “ese ‘no’ nunca debe ser a costa de la seguridad del afecto”, enfatiza la Dra. Fuster. “Es el adulto siempre quien tiene la responsabilidad de la relación y quien debe dirigirla y tomar las decisiones que sean necesarias”.

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